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Suetonio nos cuenta su obra Vidas de los doce césares, que Augusto solía jactarse de haber transformado por completo la capital, pasando de ser una ciudad de ladrillos a una colosal urbe de mármol : «Encontré una Roma hecha de ladrillo y os la dejo de mármol”
Lo cierto es que la Roma que dejó tras su muerte en el año 14 d. C. no era la misma que había heredado. Bajo su mando, se construyeron templos, foros y monumentos que dieron un nuevo rostro a la capital del mundo antiguo.
La idea colectiva que tenemos de la antigua Roma es la de una ciudad de estatuas, templos y fachadas de edificios de un mármol blanco impoluto. Lo cierto es que esa idea está algo alejada de la realidad, para empezar las estatuas solían estar policromadas, y si actualmente las vemos blancas es simplemente por el paso del tiempo que ha deteriorado o eliminado la pigmentación. El mármol (especialmente en interiores de edificios publicos) era de diferentes colores según la tipología de las vetas, morfología y zona de extracción, a veces a miles de kilómetros de Roma y por supuesto estaba el omnipresente estuco que simulaba la apariencia y la textura del mármol, fundamentalmente en las casas particulares.
La arqueología lleva décadas demostrando que buena parte de esa magnificencia era fruto de una extraordinaria combinación de ingeniería, arquitectura y artes decorativas. En numerosas ocasiones, aquello que el ciudadano romano contemplaba como una sólida columna de mármol no era más que un núcleo de ladrillo, toba volcánica u opus caementicium cuidadosamente recubierto por varias capas de estuco policromado. Paradójicamente, cuanto mejor conocemos las técnicas constructivas romanas, más evidente resulta que la grandeza de Roma nunca dependió exclusivamente del empleo de materiales caros. Su auténtico genio residió en la capacidad para combinar recursos muy distintos dentro de un mismo edificio, reservando el mármol auténtico para aquellos lugares donde su presencia resultaba imprescindible y recurriendo al estuco de alta calidad allí donde podía obtenerse exactamente el mismo efecto visual con un coste muy inferior.
Las columnas fingidas de mármol en Roma
El mármol auténtico era, sin duda, un material extraordinario. Su dureza, su capacidad para admitir un pulido casi perfecto y la riqueza cromática de algunas variedades lo convertían en el acabado ideal para templos, foros, termas y monumentos públicos. Sin embargo, también presentaba importantes inconvenientes. Extraer un solo bloque suponía semanas de trabajo en cantera. Después era necesario trasladarlo mediante carros especiales hasta un puerto, embarcarlo, transportarlo por mar y, finalmente, remontar ríos o recorrer cientos de kilómetros por vía terrestre hasta llegar a la obra. Cada columna monolítica representaba una complejísima operación logística en la que intervenían canteros, carpinteros, marineros, carreteros y especialistas en izado.
Los arquitectos romanos sabían perfectamente cuándo semejante inversión estaba justificada y cuándo no. En edificios de enorme prestigio, como el Panteón de Agripa reconstruido bajo Adriano, el Foro de Augusto o los grandes complejos imperiales, el empleo de mármoles importados constituía un auténtico manifiesto político. Cada columna de granito egipcio, cada capitel de mármol pentélico o cada revestimiento de pórfido transmitían un mensaje inequívoco: Roma era capaz de movilizar los recursos de un imperio que se extendía desde Britania hasta el desierto del Sahara y desde Hispania hasta Mesopotamia.
Pero esa monumentalidad representaba una excepción, no la norma. A diferencia de la construcción griega, basada casi exclusivamente en grandes bloques pétreos cuidadosamente labrados, los romanos podían levantar muros, pilares, bóvedas y cúpulas mediante un núcleo formado por mortero de cal mezclado con áridos, piedras y fragmentos cerámicos. Aquella masa endurecida ofrecía una resistencia extraordinaria y permitía ejecutar formas arquitectónicas hasta entonces impensables.
Pero ese núcleo estructural rara vez permanecía a la vista. Sobre él se aplicaban sucesivas capas de mortero cada vez más fino hasta obtener una superficie perfectamente lisa. Los tratados antiguos describen con bastante detalle este proceso. Vitrubio, en el libro VII de De Architectura, explica cómo debían prepararse los revestimientos murales mediante varias capas superpuestas de morteros de diferente granulometría hasta alcanzar un acabado extremadamente compacto. Aunque el arquitecto se refiere principalmente a los revestimientos interiores, las excavaciones demuestran que técnicas similares se utilizaron también sobre columnas, pilastras y numerosos elementos arquitectónicos.
La Terraja en las columnas clásicas
La terraja es una herramienta empleada en la construcción y la carpintería para moldear materiales. En el contexto arquitectónico, se utiliza como plantilla o molde de corte para tallar perfiles en fustes de columnas (como las estriadas) o para conseguir molduras uniformes en yeso, cemento y escayola.

Recreación virtual de una terraja para columnas acanaladas realizada por el autor
En la arquitectura romana y clásica, las columnas suelen estar compuestas por tres partes principales: basa, fuste y capitel. Cuando se busca un acabado específico, como estrías o acanaladuras a lo largo del fuste, la terraja funciona como una guía: Se fabricaban moldes en metal o madera con la silueta negativa del diseño de la columna. Sobre este núcleo y soporte de la columna se aplicaba una o varias capas de mortero de cal. Antes de secarse la última capa aplicada, mediante dichas terrajas, se configuraban los fustes acanalados, las estrías y demás motivos decorativos. En la basa de las columnas próximas al agua, el mortero incorporaba elementos cerámicos para evitar la humedad.
La última capa, conocida como opus albarium, incorporaba polvo de mármol muy finamente molido. Una vez pulida adquiría un brillo notable, capaz de reflejar la luz con una intensidad sorprendente. Sobre esa superficie los pintores especializados reproducían vetas, cambios de tonalidad e incluso pequeñas irregularidades características de los mármoles naturales más apreciados del Mediterráneo.
No se trataba de simples manchas de color aplicadas de forma improvisada. Los artesanos conocían perfectamente el aspecto de materiales como el giallo antico procedente de Numidia (marmor numidicum), el cipollino griego, el pavonazzetto de Frigia o el prestigioso pórfido rojo egipcio (que no era exactamente mármol) reservado durante el Alto Imperio para edificios especialmente representativos. Mediante una combinación de ocres, hematites, tierras ferruginosas, negro de carbón, carbonato cálcico y otros pigmentos minerales conseguían reproducir con extraordinaria fidelidad las vetas y contrastes cromáticos de aquellas piedras exóticas.
En consecuencia, el visitante que atravesaba un pórtico o penetraba en el atrio de una lujosa domus no percibía una arquitectura de ladrillo revestido. Veía mármol. O, al menos, eso era exactamente lo que los propietarios pretendían que creyera.
Pompeya: la ciudad donde el estuco imitaba piedras de lujo
Esta manera de entender la arquitectura explica también por qué muchos visitantes actuales experimentan una cierta decepción al recorrer algunos yacimientos arqueológicos. Esperan encontrar ciudades construidas íntegramente con piedra noble y descubren muros de ladrillo, bloques de toba o simples estructuras de hormigón romano. En realidad, lo que contemplan es únicamente el esqueleto de aquellos edificios. Su auténtica piel desapareció hace siglos, llevándose consigo buena parte del impacto visual que admiraron los habitantes del Imperio.

Columna de la Basílica en Pompeya con núcleo de ladrillo y revestimiento de estuco. Fotografía del autor
Si existe un lugar donde puede reconstruirse con precisión el aspecto original de la arquitectura romana, ese lugar es Pompeya. La erupción del Vesubio del 24 de agosto del año 79 d. C. selló la ciudad bajo varios metros de cenizas y lapilli, congelando un instante de la vida cotidiana que difícilmente habría llegado hasta nosotros por otros medios. Gracias a ello, Pompeya y, en menor medida, Herculano constituyen un laboratorio excepcional para comprender cómo eran realmente las viviendas y edificios públicos del Alto Imperio.
Sin embargo, incluso en Pompeya debemos hacer un ejercicio de imaginación. El visitante actual recorre calles bordeadas por columnas desnudas, muros desconchados y fábricas de ladrillo o mampostería que transmiten una sensación de austeridad muy alejada de la realidad. Buena parte de esa apariencia es consecuencia de casi dos milenios de degradación. Las capas de estuco se desprendieron progresivamente tras la erupción, los terremotos anteriores y posteriores provocaron innumerables grietas y, desde el inicio de las excavaciones en el siglo XVIII, la exposición continuada a la lluvia, el viento y los cambios de temperatura ha acelerado la pérdida de los revestimientos conservados. Aun así, los restos que todavía permanecen adheridos a muchas columnas bastan para comprender la enorme sofisticación alcanzada por los decoradores romanos.
Y no hablamos solamente de casas particulares. El foro, las termas, los mercados y algunos templos combinaban elementos realizados con piedra auténtica junto a otros construidos con ladrillo y revestidos posteriormente con estuco. Desde cierta distancia, el conjunto ofrecía una imagen homogénea y monumental imposible de distinguir para un observador corriente. Solo un arquitecto o un artesano especializado habría identificado las diferencias entre unos materiales y otros.
Bibliografía y webgrafía
PLINIO EL VIEJO. Historia Natural. Libros XXXV y XXXVI, dedicados a la pintura, los pigmentos, los mármoles y las piedras ornamentales. Editorial Gredos
VITRUVIO POLION, M. De Architectura. Especialmente el Libro II (materiales de construcción) y el Libro VII (revestimientos, estucos y pintura mural).
https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/los-diez-libros-de-archtectura–1/html/
PARCO ARCHEOLOGICO DI POMPEI
https://pompeiisites.org
PARCO ARCHEOLOGICO DI ERCOLANO
https://ercolano.beniculturali.it